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El Quijote, para jóvenes y niños
Tengo
una estupenda versión de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha... para niños (Emecé, 2005), adaptado por Federico Jeanmaire y Angeles
Durini. Y el dilema de si debo retenerlo en mis estantes y encauzarlo en mi
tarea docente o abandonarlo al azar. Se preguntarán... ¿Por qué, justamente,
usar un clásico para este experimento? Porque los clásicos son eternos y nuevos
a la vez. Porque aunque a un joven pueden resultarle algo tan “sofisticado” o
uniformador como los mocasines, es difícil que no vaya a rendirse al encanto
tradicional tanto de dicho calzado como de un buen par de libros clásicos.
Al
investigar el folclore popular de su país, el italiano Italo Calvino ha
descubierto una paradoja sobre esta clase de obras conocidas como clásicos:
“Cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados,
inéditos resultan al leerlos de verdad”. Y si no bastara con alegar el servicio
que prestan al lector cachorro -el de un viaje al espíritu de otras
experiencias culturales- debemos agregar que pueden resultar terapéuticos. La
cita de Calvino alumbra que leer “de verdad” los clásicos no supone aptitudes
de especialista; contiene el permiso para redescubrir aquello que abunda en el
habla cotidiana -repleta de puntas de ovillo, troyas que arden y
asuntos bacanes (de Baco)- en la experiencia particular de una
lectura. Como quien dice: estar bien plantado. Y poder opinar sin el vicio que,
antes de su institucionalización como gimnasia de muchos pseudoinformativos,
las abuelas llamaban “hablar por boca de ganso”.
Lo
interesante es qué lugar ocupa el sujeto lector cuando hablamos de clásicos. En
la comedia Zelig, de Woody Allen, el protagonista sufría severos
trastornos de identidad a causa de una impostura temprana. La novela Moby
Dick, siempre dentro de aquella película, cumplía un papel central en la
trama. Como el protagonista no había cumplido el encargo escolar de leerla,
daba lugar a una mentira patológica (blanca y enorme, como el propio cetáceo
creado por Melville). El personaje declaraba falsamente haberla leído y
esto le ocasionaba el comienzo de un increíble comportamiento camaleónico.
Zelig no se atrevía a desmarcarse de los usos u opiniones dominantes y, en
consecuencia, se manejaba como un autómata al servicio de las más variadas
tribus. Maravillosa parábola de la impostación: la cura del personaje residía
en la posibilidad de leer y disentir sobre el mérito de aquel monumento
literario de Estados Unidos.
La
última ratio de la necesidad de que los chicos y los jóvenes frecuenten
a los clásicos, entonces, no es moral. Porque el abordaje del contexto de
producción o demás informaciones típicas de las solapas hasta pueden resultar
un lastre. Casi decidido: un libro de siete suelas, por mérito estético y
calidad de adaptación, está bien que se abra paso en los paseos públicos.
Marcelo Bello
Librería “El Gualeguay”
Pacheco 2251 - Tel.: 4524-3680
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