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Entre nos
Jugar con fuego, ¿hasta cuándo?
Qué
entretenida nuestra patria idolatrada. Los dos mega actos ya fueron. No hubo
muertos ni heridos. Prevaleció la cordura y el olor a choripán. Y la película
de suspenso de Diputados y el Senado también fue. Ante lo ocurrido qué
saludable sería, para la mentada democracia, que el gobierno no haga lo que los
ruralistas todo el tiempo amenazaron que iban a hacer ser si la votación les
resultaba adversa. La realidad no puede ser alcanzada ni por los
pronosticadores ni por la ficción. ¿Será que la irrealidad es la única verdad?
Bien, ¿y ahora qué? Lo peor que podría pasar es que el gobierno sienta que esta
derrota es un fracaso. Lo otro peor que podría pasar es que los ruralistas
crean que este éxito es una victoria. No hay que terminar con la política, hay
que empezar con la política. Veamos: la tan mentada corrupción de los políticos
es exactamente proporcional a la corrupción de ginecólogos, dentistas,
taxistas, dirigentes deportivos, mecánicos, abogados, plomeros. Y periodistas.
En este paisito tan obscenamente desigual, nada mejor repartido que la
corrupción.
Pregunta: ¿cuánto hubiera durado el conflicto si tantos periodistas en vez de cacarear
“imparcialidad”, “objetividad” hubieran puesto sobre la mesa sus verdaderos
sentimientos y simpatías, si no hubieran enervado a las dos partes de esta
ruidosa batalla? ¿Cuánto hubiera durado si no hubiesen fogoneado ese clima de
contienda deportiva en el que quien pierde “fracasa” y el que gana tiene “la
sartén por el mango”? Desde el periodismo, venimos jugando con fuego.
Peligrosamente. Jugamos con fuego desde que volvimos en el 83 a la democracia.
Gran parte del periodismo viene actuando como si esta sociedad hiciera
doscientos años que está curada de violencia mal habida y de autoritarismo.
Creo
que, quienes conducen los medios y nosotros, los periodistas, cada mañana
debiéramos plantearnos la diferencia entre “crítica preocupada” y “crítica
regocijada”. La crítica preocupada sirve para construir. La crítica
regocijada, la que se relame, la que goza y celebra el error, no sirve para
nada. O mejor dicho: sí sirve, para enervar, para calentar y recalentar los
ánimos, para el cruce de ladridos, para convertir la imprescindible discusión
en batallas como las de un irracional River y Boca.
De
este arduo momento hay mucho para aprender. Muchísimo. ¿Lo despilfarraremos? A
ese despilfarro contribuye un periodismo que tantas veces caretea “objetividad” y se ufana diciendo que hace escuchar las dos campanas, pero que, bien lo
oculta, sabe que hay otras campanas que muy rara vez se dejan escuchar. Ese
abundante periodismo falsamente “objetivo”, a la hora de hacer
escuchar las campanas, es tramposo: manipula, sabe que el orden de las campanas
sí altera el producto.
El
martes 15 de julio de 2007 desde muchos medios se trabajó para crear clima de
feroz puja deportiva. No nos extrañemos: también en el 82, más allá de la
innegable censura de la dictadura, había medios y prestigiosos periodistas que
ayudaron a que la desguerra de Malvinas se viviera con la obscena excitación de
un Mundial. Primero euforia después depresión. Primero exitismo después
derrotismo. ¿O no?
Volvamos
a este presente tan rico para el aprendizaje y el crecimiento no sólo de la
clase dirigente sino de la sociedad entera (me refiero por supuesto a la que
come todos los días y está alfabetizada). Es notable cómo se trabaja para hacer
mirar la punta del dedo y no lo que el dedo nos señala. Y notable cómo se
confunde alcahuetería con investigación. Y notable cómo se busca no la verdad
en sí misma, sino el redituable escándalo de esa supuesta verdad. Hay que
revisar hasta qué punto, en estos ciento veintitantos días de devastador
conflicto entre el gobierno y “el campo”, muchos periodistas, desde la
mascarada de la objetividad, sólo sirvieron para chucear, para enervar a los
dos polos, para calentar y recalentar la discusión.
Decimos
que nuestra democracia es adolescente. Por favor: esta democracia no llegó, no
es ni niña. Hasta hoy nunca dejó de gatear. No nos engañemos: un mesías como el
ex ingeniero Blumberg, coincidiendo con una estampida inflacionaria,
bastaría para un nuevo “que se vayan todos”. Y a buscar pilotos de tormentas y
mesías.
Lo
evidente es que buena parte del periodismo más influyente sigue actuando como
si fuera el Cuarto Poder. Pero, ¿hasta cuándo? Estamos en una democracia en la
que se confunden los relámpagos con las cañitas voladoras, en la que la atroz
muerte de un muchacho rubio convoca a cientos de miles de personas y la atroz
muerte de un niño morochito convoca a treinta o cuarenta personas, en la que el
hambre está consolidado por el analfabetismo y la analfabetización que, desde
hace décadas, se viene sembrado con más velocidad que la bendita soja. Una
sociedad que tiene cuatro clases sociales, porque hay que sumar la de los
desgajados. Estos, los hambrientos, sustituyen la conciencia cívica por la
inevitable desesperación. Estamos, en fin, en una democracia tiernita como un
gajo. Ser el Cuarto Poder en una democracia tan endémicamente endeble es, por
lo menos, una irresponsabilidad. A la larga, suicidante. El llamado Cuarto
Poder debiera bajarse del patético caballo. Bajarse para tratar de tejer en vez
de trizar, para tratar, en suma, no de ser el Cuarto Poder sino el Poder
Coagulante. Y no, como ahora, un Poder enervante, disociador, sustentado en la
crítica regocijada en lugar de la crítica preocupada.
Todos
somos clase dirigente, no sólo la clase dirigente. En un país que, a fuerza de
malaria, aprendió que no es el mejor del mundo y que se consuela diciendo que
es el más inexplicable del mundo, los periodistas no somos la raya del poto.
Estamos viviendo tiempos complejos y por eso riquísimos para el aprendizaje.
Los medios de comunicación, los periodistas, tenemos la obligación de criticar
desde la preocupación y no desde el goce perverso. La obligación de dejar ser
el Cuarto Poder y empezar a ser el Poder Coagulante.
Nunca
fuimos un gran país, a lo sumo fuimos un país grandote. Somos en realidad un
conato de país, un país pendiente que no termina de aprender que cumplir años
(casi doscientos) no significa crecer. Precisamente, este tiempo arduo y
fascinante puede servirnos para hacernos como sociedad. Los medios, los
periodistas, muchísimo debemos hacer en ese sentido. Hacer, en vez de chucear;
hacer, en vez de jugar a la mentirosa objetividad; hacer, en vez tirar leña a
los fuegos; hacer, en vez de confundir ruido con sonido; hacer, en vez de
generar sensación de fin del mundo; hacer, en vez de hacerle el caldo gordo a
los que buscan la comodidad de los mesías autoritarios.
En
otras palabras, todos somos gobernantes, inclusive quienes fueron elegidos para
eso. No es tarde para dejar de ser el Cuarto Poder y empezar a ser el Poder
Coagulante. No es tarde, por ahora.
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