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Entre nos

Jugar con fuego, ¿hasta cuándo?

Por Ricardo Braceli
rbraceli@arnet.com.ar
www.rodolfobraceli.com

Qué entretenida nuestra patria idolatrada. Los dos mega actos ya fueron. No hubo muertos ni heridos. Prevaleció la cordura y el olor a choripán. Y la película de suspenso de Diputados y el Senado también fue. Ante lo ocurrido qué saludable sería, para la mentada democracia, que el gobierno no haga lo que los ruralistas todo el tiempo amenazaron que iban a hacer ser si la votación les resultaba adversa. La realidad no puede ser alcanzada ni por los pronosticadores ni por la ficción. ¿Será que la irrealidad es la única verdad?

Bien, ¿y ahora qué? Lo peor que podría pasar es que el gobierno sienta que esta derrota es un fracaso. Lo otro peor que podría pasar es que los ruralistas crean que este éxito es una victoria. No hay que terminar con la política, hay que empezar con la política. Veamos: la tan mentada corrupción de los políticos es exactamente proporcional a la corrupción de ginecólogos, dentistas, taxistas, dirigentes deportivos, mecánicos, abogados, plomeros. Y periodistas. En este paisito tan obscenamente desigual, nada mejor repartido que la corrupción.

Pregunta: ¿cuánto hubiera durado el conflicto si tantos periodistas en vez de cacarear “imparcialidad”, “objetividad” hubieran puesto sobre la mesa sus verdaderos sentimientos y simpatías, si no hubieran enervado a las dos partes de esta ruidosa batalla? ¿Cuánto hubiera durado si no hubiesen fogoneado ese clima de contienda deportiva en el que quien pierde “fracasa” y el que gana tiene “la sartén por el mango”? Desde el periodismo, venimos jugando con fuego. Peligrosamente. Jugamos con fuego desde que volvimos en el 83 a la democracia. Gran parte del periodismo viene actuando como si esta sociedad hiciera doscientos años que está curada de violencia mal habida y de autoritarismo.

Creo que, quienes conducen los medios y nosotros, los periodistas, cada mañana debiéramos plantearnos la diferencia entre “crítica preocupada” y “crítica regocijada”. La crítica preocupada sirve para construir. La crítica regocijada, la que se relame, la que goza y celebra el error, no sirve para nada. O mejor dicho: sí sirve, para enervar, para calentar y recalentar los ánimos, para el cruce de ladridos, para convertir la imprescindible discusión en batallas como las de un irracional River y Boca.

De este arduo momento hay mucho para aprender. Muchísimo. ¿Lo despilfarraremos? A ese despilfarro contribuye un periodismo que tantas veces caretea “objetividad” y se ufana diciendo que hace escuchar las dos campanas, pero que, bien lo oculta, sabe que hay otras campanas que muy rara vez se dejan escuchar. Ese abundante periodismo falsamente “objetivo”, a la hora de hacer escuchar las campanas, es tramposo: manipula, sabe que el orden de las campanas sí altera el producto.

El martes 15 de julio de 2007 desde muchos medios se trabajó para crear clima de feroz puja deportiva. No nos extrañemos: también en el 82, más allá de la innegable censura de la dictadura, había medios y prestigiosos periodistas que ayudaron a que la desguerra de Malvinas se viviera con la obscena excitación de un Mundial. Primero euforia después depresión. Primero exitismo después derrotismo. ¿O no?

Volvamos a este presente tan rico para el aprendizaje y el crecimiento no sólo de la clase dirigente sino de la sociedad entera (me refiero por supuesto a la que come todos los días y está alfabetizada). Es notable cómo se trabaja para hacer mirar la punta del dedo y no lo que el dedo nos señala. Y notable cómo se confunde alcahuetería con investigación. Y notable cómo se busca no la verdad en sí misma, sino el redituable escándalo de esa supuesta verdad. Hay que revisar hasta qué punto, en estos ciento veintitantos días de devastador conflicto entre el gobierno y “el campo”, muchos periodistas, desde la mascarada de la objetividad, sólo sirvieron para chucear, para enervar a los dos polos, para calentar y recalentar la discusión.

Decimos que nuestra democracia es adolescente. Por favor: esta democracia no llegó, no es ni niña. Hasta hoy nunca dejó de gatear. No nos engañemos: un mesías como el ex ingeniero Blumberg, coincidiendo con una estampida inflacionaria, bastaría para un nuevo “que se vayan todos”. Y a buscar pilotos de tormentas y mesías.

Lo evidente es que buena parte del periodismo más influyente sigue actuando como si fuera el Cuarto Poder. Pero, ¿hasta cuándo? Estamos en una democracia en la que se confunden los relámpagos con las cañitas voladoras, en la que la atroz muerte de un muchacho rubio convoca a cientos de miles de personas y la atroz muerte de un niño morochito convoca a treinta o cuarenta personas, en la que el hambre está consolidado por el analfabetismo y la analfabetización que, desde hace décadas, se viene sembrado con más velocidad que la bendita soja. Una sociedad que tiene cuatro clases sociales, porque hay que sumar la de los desgajados. Estos, los hambrientos, sustituyen la conciencia cívica por la inevitable desesperación. Estamos, en fin, en una democracia tiernita como un gajo. Ser el Cuarto Poder en una democracia tan endémicamente endeble es, por lo menos, una irresponsabilidad. A la larga, suicidante. El llamado Cuarto Poder debiera bajarse del patético caballo. Bajarse para tratar de tejer en vez de trizar, para tratar, en suma, no de ser el Cuarto Poder sino el Poder Coagulante. Y no, como ahora, un Poder enervante, disociador, sustentado en la crítica regocijada en lugar de la crítica preocupada.

Todos somos clase dirigente, no sólo la clase dirigente. En un país que, a fuerza de malaria, aprendió que no es el mejor del mundo y que se consuela diciendo que es el más inexplicable del mundo, los periodistas no somos la raya del poto. Estamos viviendo tiempos complejos y por eso riquísimos para el aprendizaje. Los medios de comunicación, los periodistas, tenemos la obligación de criticar desde la preocupación y no desde el goce perverso. La obligación de dejar ser el Cuarto Poder y empezar a ser el Poder Coagulante.

Nunca fuimos un gran país, a lo sumo fuimos un país grandote. Somos en realidad un conato de país, un país pendiente que no termina de aprender que cumplir años (casi doscientos) no significa crecer. Precisamente, este tiempo arduo y fascinante puede servirnos para hacernos como sociedad. Los medios, los periodistas, muchísimo debemos hacer en ese sentido. Hacer, en vez de chucear; hacer, en vez de jugar a la mentirosa objetividad; hacer, en vez tirar leña a los fuegos; hacer, en vez de confundir ruido con sonido; hacer, en vez de generar sensación de fin del mundo; hacer, en vez de hacerle el caldo gordo a los que buscan la comodidad de los mesías autoritarios.

En otras palabras, todos somos gobernantes, inclusive quienes fueron elegidos para eso. No es tarde para dejar de ser el Cuarto Poder y empezar a ser el Poder Coagulante. No es tarde, por ahora.

 

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