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AÑO 3 · Nº 33 · DICIEMBRE 2001
 

Augusto Larreta

Un aristócrata popular

El actor, conocido por sus personajes en programas de televisión como “Los hijos de López” o los ciclos de Olmedo y Porcel, vive en Coghlan desde hace casi diez años junto a su esposa María Teresa. En esta nota cuenta además cómo fue su experiencia como sacerdote, ya que ingresó al seminario luego de la muerte su primera mujer.

Augusto Rodríguez Larreta se sacó el primer apellido porque los patronímicos dobles le remiten una cierta pretensión de familia aristocrática, contra la cual no pierde oportunidad de decir algo en contra. Aunque resalta una contradicción: en vez de borrar Larreta suprimió Rodríguez, que en todo caso es el más popular de sus dos apellidos. Su bisabuelo uruguayo se exilió en Argentina debido a motivos políticos. Larreta dice con cierta maldad que podría haber elegido Francia u otro país, teniendo en cuenta la situación actual del nuestro. Pobre bisabuelo, en ese entonces nuestra tierra prometía un futuro venturoso. Larreta nació en la casa de su abuela materna, en Av. Alvear 1662. A la hora de definir una profesión dice que ha sido actor, periodista, obrero de la fábrica Tres Cruces, ejecutivo, escritor, pintor y sacerdote católico. En una mañana lluviosa de noviembre recibió a El Barrio en su confortable casa de la calle Estomba, a pocas cuadras de la Estación Coghlan. Durante la entrevista no dejó de nombrar a su mujer María Teresa Civit, una reconocida escritora cuyo personaje “La Pupi” aparece para señalar el horario de protección al menor en Canal 7 Argentina.

-Usted se destacó en los medios por hacer personajes que satirizaban a los integrantes de familias tradicionales, siendo usted un descendiente de esas familias...

-Yo los defino como bienudos, tendencia que señala una pretensión de la gente que mira desde arriba a los demás. En mis actuaciones cómicas yo hablaba y a veces me salía ese tono porque cuesta sacarse el virus. En una oportunidad yo hacía el personaje que se llamaba Fito y le dije a Javier Portales que “en las estancias de la familia Unzué teníamos una olla para hacer los asados”. Al día siguiente me encontré en el Centro con un descendiente de la familia Unzué, que me dijo: “Che, te estás burlando de nuestro apellido, de dónde sacaste eso”. El no se daba cuenta de que cuando me reprochaba mis bromas lo hacía en el mismo tono que yo en el programa.

-¿Cómo fueron sus estudios?

-He tenido una inclinación a los cambios. Primero entré en la Facultad de Ingeniería y después pasé a la de Derecho. Cursé Filosofía y luego de algunos problemas, porque era militante estudiantil, me recibí de abogado con promedios altos. Recibí una beca para viajar a los Estados Unidos y allí estudié Teatro. Tiempo después tuve un cargo importante en una empresa americana y viajé a Guatemala, donde seguí estudiando actuación. Siempre estuve en la búsqueda y en algunos casos con actitudes equivocadas, como cuando un marino me invitó a que colaborara con él en el inminente Proceso de Reorganización Nacional -dos meses antes del Golpe- para hacer una Ley de Teatro. Yo tengo el sí fácil. Le pregunté a Luis Brandoni, que era de la Asociación de Actores, y me dijo que vaya. Pero al poco tiempo me di cuenta de lo que pasaba y renuncié.

-¿Cómo llegó su ordenación sacerdotal?

-Cuando murió mi primera esposa por más de 30 años, llamada Jaqueline, se me ocurrió buscar en la Iglesia algo que llenara ese vacío. Me metí en serio y me ordené. Pero a los cuatro días me di cuenta de que el sistema no era para mí. Me mandaron a un barrio muy humilde en Boulogne. Yo sabía que me había equivocado, pero la gente era tan amable que demoré la decisión de renunciar. En un momento le dije al Obispo de San Isidro, Monseñor Casaretto, que me iba. Me preguntó si me había enamorado de una mujer y le dije que no. Me retiraba porque no estaba de acuerdo con el sistema.

-¿Cuáles eran los motivos de su discrepancia?

-El doble discurso de enseñar una cosa y hacer otra. El mecanismo de dobles verdades. Me fui y un año después la conocí a María Teresa, que cambió mi vida. Ella quería conocer a alguien que había amado tanto a su esposa que se había hecho cura por su muerte. Ella es medio cholula, leía en las revistas la historia del actor que se hizo cura y quiso conocerme.

-¿Como llegó al barrio de Coghlan?

-Bueno, María Teresa me invitó a la Universidad de Palermo, donde organizaba charlas de escritores, fui y le sugerí que invitara al actor Oscar Martínez, que vivía a una cuadra de acá. Vinimos con María Teresa a buscarlo, nos gustó el barrio y Oscar nos avisó que estaban haciendo una casa para vender en lo que era una antiguo almacén. Al poco tiempo nos mudamos. De esto hace ya nueve años.

-¿Recorre el barrio?

-Precisamente desde hace unos años, por prescripción médica, camino todas las mañanas -llueva o truene- cuarenta minutos en distintas direcciones. Ya soy conocido por una mala costumbre de cortar flores. Todas las mañanas le traigo una flor a María Teresa. Por la vía o en los canteros hay plantas y a veces he oído desde adentro de las casas a alguien que grita “¿quién corta esa flor?”. En vez de Flores robadas en los jardines de Quilmes, como la novela de Jorge Asís, esto sería Cortando flores en los jardines de Coghlan. Me gusta mucho la estación de tren, con o sin enanitos verdes (N. de la R.: se refiere a la nota de tapa del número anterior de El Barrio).

-¿Cómo nació la frase “qué chucho Manucho”?

-Hugo Sofovich me había llevado al programa de Olmedo, donde no teníamos libreto. Con Javier Portales empezamos representando a dos acomodadores del Teatro Colón, pero que se hacían pasar por dos entendidos. Yo le decía: “Che, ¿no estará por acá el Fantasma de la Opera? ¡Que chucho, Manucho!”. Sofovich me pidió que siguiera con esos versitos. Hoy en la calle cada tanto me dicen “qué chucho, Manucho” y yo les respondo con ironía “qué tragedia, Heredia” y ya saben que me refiero al país.

-¿Cómo era Alberto Olmedo?

-Era muy reservado. Una sola vez me confió un tema personal. Me pidió que vaya a ver al Hospital de Clínicas a Coquito, que estaba muy enfermo. Fui y me lo agradeció. Era muy alegre, pero introvertido. Jorge Porcel es todo lo contrario.

-En la actualidad está volcado a la escritura...

-El año pasado Emecé me publicó un libro de poemas, tengo otro que se llama Te cuento María Teresa y terminé una obra de teatro sobre la vida del escritor Fernando Pessoa. También hago teatro al instante, improvisando temas que me da el público, y últimamente hago poemas empleando verbos.

 
 
 
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