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EDICION N° 164 - NOVIEMBRE 2012
 

El abogado penalista Miguel Angel Pierri tiene un estrecho vínculo con Villa Urquiza

“Me hubiera gustado defender a Jesús”

Vivió más de dos décadas en Republiquetas y Capdevila. Fue alumno fundador del Instituto Dulcísimo Nombre de Jesús y mantiene contacto con casi todos sus docentes. Durante la dictadura estuvo tres días detenido y fue torturado con picana eléctrica. En la década del 90 descubrió la importancia de la televisión y su nombre se hizo conocido por la defensa de personajes polémicos, lo que le valió hasta el reproche de su madre.

Por Marcelo Benini
mbenini@periodicoelbarrio.com.ar

 

 

 

Esta entrevista nació en Mar del Plata el verano pasado. Una noche de febrero bajé al bar del hotel para pedir que entibiaran la mamadera de mi hijo en el microondas. Sentado a una de las mesas, junto su mujer y un hijo pequeño, lo vi a Miguel Angel Pierri (57), el exitoso abogado penalista. Sí, el que supo representar al cantante Rodrigo, al Padre Grassi (“en realidad a su fundación”, aclara”), a Silvio Soldán y a Carlos Menem. El que participó de causas “pesadas”, donde los imputados eran o barrabravas o narcotraficantes o asesinos. El que ahora patrocina a Antonio Gasalla y a Víctor Hugo Morales. Sabía por mi familia que Pierri tenía un pasado urquicense, así que no pude evitar la tentación profesional de acercarme a saludarlo.

Amablemente se acercó a la barra y, tras una breve presentación personal, le propuse una entrevista. La mención del barrio que lo vio crecer disparó una catarata de recuerdos. Sin mayores inconvenientes, Pierri accedió a la propuesta periodística. Con prolija caligrafía, en una servilleta me escribió los números de teléfono de su casa, de su estudio y hasta su celular. Quedé en llamarlo a mi regreso del viaje, pero por distintas razones -¿quizá algún prejuicio?- fui postergando el asunto. Hasta que un pedido de Graciela Mammato, ex maestra de Pierri en el Instituto Dulcísimo Nombre de Jesús, volvió a instalar el tema en mi agenda.

Tal como preveía, el abogado me concedió rápidamente la nota. No se anduvo con chiquitas: me dedicó dos horas y media de su tiempo para hablar sin restricciones sobre su vida familiar y profesional. Podría decirse que se trató de un extenso alegato, ya que las preguntas fueron apenas separadores de largos y apasionados monólogos. Este es el resultado de una conversación en la que Villa Urquiza alcanzó un protagonismo sólo entendible por la profundidad de la huella que dejó en este vecino.

-Hábleme de sus años en el barrio. ¿Dónde vivió y qué recuerdos tiene?

-Nací el 3 de abril en 1955. Soy nacido y criado en Villa Urquiza, hijo de Juan y Elvira. Mi casa paterna estaba en Republiquetas 5230, entre Capdevila y Triunvirato, justo frente a la embajada china. Antes estaba el Vivero Municipal, desde donde se proveía de árboles a toda la Ciudad de Buenos Aires. Por suerte pude recuperar esa propiedad, nunca me quise desprender de ella. Allí nos criamos con mi hermano Juan Alberto, que falleció hace poco tiempo. Mi padre llegó a Urquiza porque en una Guía Peuser de aquella época había visto que el subte iba a extenderse hasta la esquina de Triunvirato y Republiquetas. También se hablaba del proyecto de Zoológico Municipal, que tendría entradas en las esquinas de Andonaegui y Republiquetas y en Del Tejar y Galván. Llegaron a construirse los pórticos, con el sector de cajas.

-¿Qué característica tenía aquel barrio?

-Era una zona de casas bajas, de clase media. En aquella época era muy difícil ser profesional, así que eran comerciantes, artesanos, albañiles o constructores. Mi padre llegó muy jovencito: casi una epopeya porque venía de San Telmo. Era matarife y abastecedor de carne. Tenía dos frigoríficos bastante importantes. Mi casa fue una de las primeras que tuvo televisión y teléfono, todo el mundo pedía el favor de hablar y a todos se les decía que sí. El número era 51-6108.

-¿Dónde estudió?

-Soy alumno fundador y recibí una distinción del Instituto Dulcísimo Nombre de Jesús. Me inicié con el Padre Horacio Colavecchia -también estaba el Padre Eduardo- cuando el colegio tenía apenas un aula de jardín de infantes, lo que hoy sería la salita de dos: yo llegué con menos de tres años. Eramos seis chicos con dos maestras: Beatriz Dorta, a la que tengo el honor de llamar frecuentemente, y la señorita Susana, profesora de dibujo, que hoy vive en Francia. Así comenzó mi historia con el Dulcísimo Nombre de Jesús, lo vi crecer aula a aula. Hice el primario y el secundario. El colegio era nuestra segunda casa. Hace poco junté a todas mis maestras en un almuerzo. Gracias a Dios, excepto una sola, están todas vivas y mantengo el contacto permanentemente.

-¿Quiénes integraban su barra de amigos, se sigue viendo con ellos?

-Empecé a hacerme amigo de los compañeros del colegio en el segundario, hasta ese momento mis amigos eran “los de la vuelta”, la barra de Capdevila. La integraban el gordo Atilio, Héctor Develia, Rubén Romano (que fue presidente de mi querido Club Pinocho) y Marcos Petragallo. Con muchos de ellos me sigo viendo.

-¿También tenía amigos en Colodrero?

-Con ellos teníamos una pica (risas). Nos peleábamos por las fogatas de San Pedro y San Pablo, nos robábamos la leña del vivero y competíamos a ver quién hacía la mejor fogata. Pero de esa calle era amigo de Daniel Diéguez, Daniel Vassallo y Ricardo Castun, un pibe ejemplar. Recuerdo a su mamá perfectamente, yo solía tomar la leche en su casa. Eran otras las familias y otras las costumbres: todos sabían dónde estábamos. Mamá salía a la esquina, golpeaba las manos y había que volver. A los 13 años, por alguna cuestión que no recuerdo, me empecé a vincular con chicos del Barrio Perón, en Rogelio Yrurtia y Carlos Pellegrini. Ahí estaban Gustavo Palma, Héctor y Daniel Dequis, con quienes compartí la adolescencia a través de la música. Yo toco la guitarra y tuve la primera banda de rock. Tuve una novia, Mirta Bozzani, que vivía en Achega y Republiquetas. Empecé con las salidas y los bailes: íbamos a Zodíaco y a San Jorge, lo que hoy es City Hall. El gran paso social para los muchachos era hacerse socio de Pinocho. Yo lo hice en 1963, cuando inauguró su pileta. Allí conocí a un tipo maravilloso que sigue estando, por entonces un joven profesor de básquet, llamado Olmedo. Hizo de padre y amigo al aconsejarnos sobre todo aquello que en casa no se hablaba: las drogas y el sexo.

-¿Hasta cuándo se extendió su vida en el barrio?

-Me empecé a alejar al ingresar a la UBA. Iba hasta la Facultad de Derecho, en Figueroa Alcorta y Pueyrredon. Tomaba el 67 o el 93, había que caminar hasta Lugones. Si había algún dinero más tomaba dos colectivos, pero siempre fui muy responsable en la cuestión patrimonial. Yo quería ser abogado. Admiraba a los de mi padre -Martinsen y Giménez Zapiola- y tenía una vocación muy definida. Sentía que desarrollaban una labor muy importante relacionada con el bienestar de mi familia. También me atraían a Eliott Ness, Perry Mason y Owen Marshall. Por eso me devoré la carrera. Eso me obligó a estar mucho tiempo en el Centro, estamos hablando del año 1973, de la apertura democrática tras el gobierno militar de Lanusse. Me vinculé a la militancia peronista. Había un fervor político, éramos una generación con pensamiento político. El estudio me obligó a buscar un trabajo y muy jovencito me empleé en Bridas, la empresa de los Bulgheroni. Llegué a ser cadete de quien hoy es un magnate, el Ing. Carlos Bulgheroni. Yo no era servil sino responsable, que es algo distinto. Ese es el gran legado de mi familia. Me crié con dos padres a los que no recuerdo haber visto discutir. Nunca los escuché hablar mal. Mi padre decía que levantar la voz no era de personas educadas. En casa había que comer cuando papá llegaba, no se podía estar ausente en la mesa ni levantarse antes que nuestros padres. Volviendo a Bridas, ese trabajo posibilitó una aventura que responsablemente ejercí. Me aparecí en mi casa con la decisión de alquilar un departamento. Tené en cuenta que tenía menos de 20 años. Conocí a un amigo, Miguel Angel Pedraza, militante de un partido de izquierda. Junto a él y Luis Napolitano terminamos en un departamento en la zona de Barrio Norte, en Gutiérrez y Agüero. Así que en 1974 me fui del barrio.

-Me imagino el desconcierto de sus padres...

-Yo creo que hubo un voto de confianza y no los defraudé, porque siempre pagué el alquiler. El único miedo que había era por los atentados políticos. Había cierta violencia en la sociedad con López Rega y la Triple A. Su familia vivía frente a al fábrica Nestlé.

-¿Y cómo fue esa vida independiente, siendo tan joven?

-Me instalé con mis nuevos amigos y estaba deslumbrado por las luces del Centro. Fue un período muy difícil, porque la carrera de derecho se desarrolló en el marco de un proceso de gran ebullición política. Pero no me quedaba otra que estudiar, quería ser abogado. Me alejé del barrio pero volvía los fines de semana. Quizá lo que me alejó un poco de mis amigos fue que elegimos caminos distintos. Por razones que desconozco, porque eran muy capaces todos, no continuaron en la universidad y algunos no terminaron el secundario. Siempre los recuerdo con gran afecto y cuando me encuentro con ellos tenemos cosas buenas para contarnos. Mi regreso a Villa Urquiza fue debido a una circunstancia muy particular. Llegó el golpe militar del 76, que lo vivimos con bastante preocupación. Empezó la dictadura más cruel y mesiánica que haya habido en nuestro país. Yo había cambiado mi grupo de compañeros e hice relaciones con unos santiagueños maravillosos que alquilaban un departamento en Marcelo T. de Alvear 492, esquina San Martín, frente a la joyería Ricciardi. A pesar de que todos teníamos posiciones políticos, en esa casa había sólo guitarreadas. Dios quiso que un viernes yo no me quedara porque salí con alguna amiga. Cuando volví al departamento un mozo me paró: “Miguel Angel, ayer estuvieron los militares y se llevaron a todos los pibes”. Imaginate lo que fue esa noticia para mí. Fue la primera vez que me rocé con una realidad de la que muchos hablaban pero pocos conocían. Emprendí la búsqueda de mis amigos inútilmente y entendí que nunca más volvería a verlos. Están todos desaparecidos. Mirá vos, hace mucho tiempo que no hablo de esto (se quiebra).

-¿Cómo siguió su vida a partir de entonces?

- Decidí volver a mi casa de Villa Urquiza. El advenimiento de la dictadura hizo que suspendiera mis estudios de abogado, ya que la facultad estuvo cerrada durante un gran tiempo y se inició una real caza de brujas. En ese interín desaparecieron dos primos que estudiaban en La Plata, uno durante la Noche de los Lápices. Pasé de trabajar en Bridas al Bank of America. Con Ricardo Castun y su hermano Roberto compartíamos a la mañana el viaje en el 71 y luego el subte: Ricardo iba hasta la Casa Central del Banco Provincia y Roberto se bajaba en Villa Urquiza.

-Usted vivió a los veinte años una realidad que muchos adultos de la época negaban o desconocían...

-En casa había conciencia por los familiares desaparecidos y durante el gobierno de Isabel habían sido asesinados en Saavedra por la Triple A dos compañeros de la unidad básica. Sabíamos que estaba pasando algo muy grave. El 29 de junio de 1979 sufrí una detención en la calle por parte de una patota policial. Estuve preso en la Comisaría 1ª y me torturaron durante tres días con picana eléctrica. Entiendo a quienes se quebraron y delataron compañeros. La gestión de algún obispo cercano a mi familia logró que este episodio terminara felizmente. Por eso creo que no hay posibilidad de futuro si no juzgás el pasado. Por eso tengo un compromiso público con los derechos humanos y soy abogado de Amnistía Internacional. No es una cuestión ideológica sino una posición ante la vida. Fui un concurrente diario al juicio a las juntas militares, el más importante después del de Núremberg. Esta experiencia me marcó sensiblemente.

-¿Y qué pasó con la carrera de abogacía?

-Seguía estudiando en forma particular y sólo iba a la facultad a rendir materias libres. Prácticamente había terminado la carrera, pero no quería jugar con esta gente bajo ningún punto de vista. Tenía muchísimo miedo. Para 1979 ya estaba casado y vivía en Olivos. Alquilé una casa muy linda a un teniente coronel del ejército. Imaginate lo que sentí cuando me enteré de que mi locador era militar. Pero la relación fue bastante normal. En 1980 nació mi hijo Gastón, que hoy tiene 32 años. Al momento de renovar el contrato se desocupó uno de los departamentos de mi casa paterna y a comienzos de los años 80 volví al barrio. A Gastón lo inscribimos para hacer el jardín en el Colegio Horacio Watson, en Colodrero y la vía. Después hizo el primario y el secundario en el Dulcísimo. Al poco tiempo se desencadenó el conflicto de Malvinas. Al término de la guerra se dio una especie de apertura y yo fui a tramitar mi matrícula, pero me llevé la sorpresa de que gran cantidad de las materias que había rendido no estaban registradas. Siempre digo que soy un abogado de 40 materias, porque tuvo que rendir unas 16 más. Recuerdo que festejé con mi hijo chiquito el regreso de la democracia en Villa Urquiza. Mi primer estudio jurídico lo abrí en 1987 en San Martín y Marcelo T. de Alvear, justo enfrente de la casa que habían allanado los militares.

-¿Cuándo nació el Miguel Angel Pierri mediático?

-Entre 1986 y 1990 era un abogado que se debatía por crecer. Una secretaria que hizo el inventario de mi casa me señaló hace poco que tengo 3.250 volúmenes en la biblioteca. Lo que más le sorprendió fue que están todos marcados. A mí la lectura siempre me apasionó, tuve la suerte de criarme en una familia donde se estimulaba la lectura. También me crié con un héroe que no existía, porque mamá tuvo una operación de pecho y nos criamos con una mucama española que hablaba pésimamente el inglés. Entonces mi hermano y yo crecimos con las historias de un personaje del que con el tiempo descubrimos su verdadera identidad. Nos decía “a ver niños, que les voy a contar los cuentos de Robinod. A los doce años descubrimos que era Robin Hood. De mi casa traigo ese afán por la lectura. Pero volviendo a la pregunta, el Pierri conocido nació cuando me definí como abogado penalista. En aquellos días era un voraz lector de la escuela alemana de derecho y me relacioné con Jorge Goodbar. Me vino a ver a mi pequeño estudio para tramitar en conjunto el indulto de Sergio Shoklender. Me interesaba el protagonismo en un tema como ese y tomé cierta notoriedad. Pero mi espaldarazo fue el juicio a la barra brava de Boca, la causa de El Abuelo. Yo defendí al “uruguayo” Bellusci Martínez, que fue uno de los pocos absueltos. Por esa época se inauguraron los canales de noticias y trascendí a la esfera pública. Me empecé a relacionar con los responsables de los medios. Siempre tuve ductilidad para la oratoria y una memoria prodigiosa, nunca tuve que leer nada dos veces.

-¿Vislumbró en ese momento el poder de los medios de comunicación?

-Eso lo vi en 1995 en Miami. Me encontré con abogados que anunciaban en los medios de comunicación. Me di cuenta de que la comunicación tendría un poder protagónico. Me inspiró un abogado americano, que en televisión tenía un anuncio que decía “Soy Steven Linowitz, quiero ser tu abogado”. Me hice propia la frase e incursioné mucho en la televisión. Pero cuidado, porque es una máquina que devora. Yo tuve la suerte de tener abogados amigos mucho más grandes que yo: Oscar Salvi, Eugenio Zaffaroni o Luis Darritchón. Ellos me advirtieron que la televisión era riesgosa y podía quemarme. También conocí a Pepe Parada, un hermano de la vida, que me enseñó el valor de la televisión. “Un aviso cuesta 6.000 dólares y vos estás veinte minutos gratis todos los días. Valorá y cuidá este espacio, no lo satures”, me advertía. El me metió en el ambiente, me acercó a todos los conductores y productores de televisión por mi especialidad en contratos. Después hay que trabajar mucho: nunca estoy en mi estudio más allá de las diez de la mañana y nunca me voy antes de las nueve de la noche. Y sigo conservando la costumbre de venir los domingos a última hora para armar la agenda.

-Me da la impresión de que en su caso, además de trabajo, el derecho es pasión.

-Tengo dos privilegios: salud y trabajar de lo que quiero. Me hace muy bien cuando alguien se refiere a mí como prestigioso penalista. En Estados Unidos hice un periplo interesante durante mucho tiempo y me especialicé en el juicio por jurados. Incluso en el año 2000 me tocó defender en la segunda silla, como le dicen allá, a María Rosa Marchant, una argentina que todavía está presa acusada del asesinato de un cubano. Se le había pedido la pena de muerte y el embajador Guelar me pidió que la defendiera. Yo sabía que si la ejecutaban se terminaba mi carrera. Pero logramos una pena de quince años y respiré muy tranquilo.

-Sobresalen en su trayectoria causas por narcotráfico. ¿Lo atraen los casos pesados o son los que mejores honorarios dejan?

-Yo no defiendo el delito sino el debido proceso. No soy ni cómplice ni partícipe secundario de los señores que se vinculan con el sistema penal. Por supuesto que como todo abogado que debe vivir de su trabajo en la década del 90 advertí que la figura penal que más iba a dar era el narcotráfico. Estuve en los 21 casos de nacrotráfico más trascendentes del país e inclusive viajé a Colombia y conocí gente bastante complicada. Pero siempre fui su abogado, nada más. Mi mayor virtud es ser un celoso tutelador del debido proceso. No significa que sea garantista. Las leyes están y son muy buenas. Si cumpliéramos con la Constitución nos iría bárbaro como sociedad.

-¿Siente miedo al participar de determinadas causas?

-En la causa sobre el triple crimen de General Rodríguez, donde soy acusador , sentí por primera vez un poco de preocupación, sobre todo porque tengo un hijo chiquito de un segundo matrimonio. Al regresar del juzgado de Faggionato Márquez en Campana, sin custodia, a veces sentí temor.

-Contó que su mamá lo retaba “por defender siempre a los malos”. Esa es la misma percepción que tiene la mayor parte de la sociedad acerca de penalistas como usted. ¿Coincide o disiente con esta imagen que transmite?

-(Risas). Mi mamá se enojó cuando se enteró de que defendía a determinados personajes, como a Menem. “¿Por qué no defendés a los buenos?”, me preguntaba. Yo le decía que no siempre los buenos necesitan abogados. Hoy ya entiende mi profesión. A mí los clientes me tienen que decir la verdad y yo después veo cómo una realidad negativa puedo transformarla en un hecho distinto o hacerla valorar de otra manera. Nunca defendí piratas del asfalto ni ladrones. Alguno me pasó una lista y me recordó que defendí a peores individuos: acusados de poner bombas en la AMIA, presidentes corruptos como Menem, jueces corruptos como Trovato, curas acusados de corromper menores como el Padre Grassi, homicidas... La lista me conmocionó, uno no piensa en esos términos. Mi límite ético serían los abusadores y los genocidas.

-¿Le importa la inocencia real del acusado o es un dato accesorio?

-Yo he defendido muchas veces personas que no eran inocentes. Podría decir que en 59 casos de homicidio apenas el diez por ciento no era responsable. Con los años me he vuelto mucho más selectivo y elijo a quién defender. Ahora estoy en una etapa más querellante que defensora.

-De esos 59 casos, ¿cuántos fueron absueltos de su crimen?

-Unos 53, para el resto conseguí condenas muy razonables. Aclaro que muchos actuaron en defensa propia o bajo emoción violenta.

-¿No le quedó un sentimiento de culpa por facilitar la libertad de un asesino?

-Cuando el Estado investiga bien es muy difícil evitar la condena. Malos jueces y fiscales permitieron que uno con mucha experiencia marcara los errores que cometieron durante la etapa de instrucción de la causa. Vos le hiciste una hermosa nota a un gran colega llamado Joe Stefanuolo. Con la nulidad de una escucha telefónica hizo caer la causa que el juez Bernasconi armó para acusar a Guillermo Cóppola.

-Leí en un tweet que calificó como desastrosa la gestión de Macri.

-Yo tenía cifradas expectativas en Macri, no por su modelo sino por su programa de gobierno. Para mí algo le pasó. Así como saturó de policías nuestros barrios, hay sectores que no atendió. No puede mostrar indefinición sobre el subte, ¡qué bueno hubiera sido que llegara hasta el Parque Sarmiento! Pensar que la gente va a andar eb bicicleta cuando en Lavalle y Carlos Pellegrini te roban el teléfono celular mientras estás hablando es una ingenuidad. La ciudad está sucia y las veredas están rotas. Ni hablemos de los tarifazos. No estoy en contra del PRO, sino de su gestión.

-También leí un emocionado elogio a Néstor Kirchner...

-Yo soy peronista. Me parece que el gobierno de Néstor Kirchner fue transformador, nos sacó de diez kilómetros bajo tierra. Nos prestigió con una de las mejores Cortes Supremas de Justicia de toda la historia. Coincido plenamente con el tratamiento de los derechos humanos, el pago de la deuda externa y el mejoramiento de muchos sectores que estaban excluidos. Era un empecinado y lamenté mucho su pérdida. El problema de la democracia es que no hay candidatos para 2015.

-Una nota periodística enmarcada en su oficina, de la que usted forma parte, está titulada “Abogados del diablo”. Si éste se presentara a su oficina para contratar sus servicios profesionales, ¿lo aceptaría como cliente?

-Esto me lo preguntaron muchas veces. En realidad a mí me hubiera gustado defenderlo a Jesús. Era un ser de bien, un revolucionario de su época, un gran cuestionador del poder del César. Por supuesto no le hubiera cobrado. A Louis Cyphre, como le digo a Lucifer, no me interesa defenderlo. Nunca formaré parte de sus huestes.

 
 
 
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